20 años tejiendo redes en la Historia de la Psiquiatría

Celebrado entre los días 24 y 31 de octubre de 2025, en Río de Janeiro, el IX Encuentro de la Red Iberoamericana de Historia de la Psiquiatría (RIHP) conmemoró dos décadas de articulación académica y cooperación internacional. A lo largo de cinco días de actividades, el evento reunió cerca de 50 presentaciones académicas, distribuidas en Mesa Institucional de Apertura, Mesa Inaugural, Mesas Coordinadas, Seminario de Posgraduandos y actividades de divulgación científica, consolidándose como uno de los principales foros de debate sobre la historia de la psiquiatría en el espacio iberoamericano.

Centro de Documentação e História da Saúde (CDHS/FIOCRUZ)

En esta edición, cobraron especial relevancia temáticas como género y locura, psiquiatría y mundo jurídico, circulación y apropiación de ideas, subjetividad y experiencia, instituciones y políticas de salud mental, además de debates sobre psicoanálisis, contracultura, trauma, infancia “anormal” y reforma psiquiátrica. Acceda a la programación aquí.

El encuentro contó con investigadoras e investigadores de Brasil, Argentina, México, Chile, España, Colombia, Perú, Estados Unidos y Canadá, poniendo de relieve la vitalidad y la diversidad de los enfoques que atravesaron la historia de la psiquiatría en Iberoamérica.

La entrevista que sigue, dirigida por Renilson Beraldo, miembro de la RIHP, fue realizada con Rafael Huertas, integrante de la Mesa Inaugural (dedicada a los 20 años de la RIHP). En esta entrevista, Huertas propuso una reflexión sobre la trayectoria de la red, sus impactos en la consolidación del campo y los desafíos proyectados para las próximas décadas.

Renilson Beraldo: ¿En qué medida el diálogo iberoamericano ha transformado la forma de hacer historia de la psiquiatría en nuestros países?

Rafael Huertas: Creo que el diálogo entre grupos de investigación iberoamericanos en historia de la psiquiatría está siendo enormemente enriquecedor y en buena medida ha sido capaz, en los últimos años, de intercambiar inquietudes, modular enfoques o consensuar metodologías. Hay que tener en cuenta que nuestros países no han sido núcleos de producción original de saberes psiquiátricos, como lo fueron Francia, Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos, que son los que protagonizan la historiografía psiquiátrica elaborada en el Norte global. Pero nuestros países tienen también una historia (frecuentemente ignorada en ese Norte global) que es preciso reivindicar porque no es la de meros receptores pasivos de unos conocimientos o unas prácticas generadas en otros lugares. Como se sabe, los procesos de recepción nunca son pasivos, siempre existe una discusión y una reformulación en función de los contextos y de las realidades locales. La historia y, por supuesto, la historia de la psiquiatría es una herramienta epistemológica de primer orden, que en nuestro medio puede relacionarse, me parece, con la construcción de esa epistemología del Sur que pretende encontrar y analizar saberes y prácticas, otorgando criterios de validez y visibilizando un pensamiento crítico generado en contextos de dependencia científica, política y económica. En definitiva, se trataría de hacer una historia “descentrada” que tenga en cuenta tanto las realidades locales como los intercambios culturales.

En este sentido, el diálogo iberoamericano permite poner en común preguntas de investigación y marcos teóricos y metodológicos que facilitan los estudios comparados y tener en el punto de mira temas de gran tradición historiográfica que ahora pueden ser replanteados desde nuevas perspectivas, pero también otros menos explorados y solo recientemente abordados. Por ejemplo: la construcción cultural de la psicopatología; la consideración de las instituciones psiquiátricas como espacios complejos en los que intervienen diversos actores o agentes sociales; el estudio de los discursos y de las políticas de salud mental más allá de manicomio; la historia de la psiquiatría desde la perspectiva de las personas con un diagnóstico psiquiátrico; los activismos en salud mental, tanto de los profesionales como de los llamados movimientos en primera persona. Estos son algunos de los aspectos, formulados, así, de manera muy general, que se han abordado en los últimos años en el ámbito iberoamericano y que han generado diálogos, amplia discusión de resultados y trabajos realizados en colaboración.

Así pues, respondiendo directamente a la pregunta que se me formula, creo que sí, que el diálogo iberoamericano ha propiciado una forma de hacer historia de la psiquiatría, como digo, más colaborativa. Es evidente que la producción de conocimiento es siempre una labor colectiva, pero el diálogo al que nos estamos refiriendo está permitiendo traspasar fronteras y conocer, relacionar y comparar las distintas realidades locales  en un marco regional más amplio. Pero, como he dicho antes, estos intercambios no son solo temáticos sino también teóricos y metodológicos. Procedemos de tradiciones académicas diferentes que, puestas en diálogo, permiten acercamientos transversales. La historia de la psiquiatría debe dialogar con la psiquiatría y con otras disciplinas psi (psicología y psicoanálisis), pero también con la historia, con la historia general (historia política, económica, social, cultural) y con un amplio abanico de historias especializadas (historia de la ciencia, de la medicina, de la psicología y del psicoanálisis, de la pedagogía, del arte, etc.), y, cómo no, con la sociología o la antropología, con la literatura y con los llamados estudios culturales (los estudios de género, siempre fundamentales; los disability studies; los mad studies, etc.). En este sentido, claro, dependiendo de los objetivos de la investigación que se lleve a cabo, procederá el manejo de unos u otros registros, pero el hecho de que en ese diálogo iberoamericano haya clínicos, historiadores, antropólogos, sociólogos, etc., pienso que enriquece el debate y permite una renovación permanente del modo de hacer historia de la psiquiatría.  

R.B: En un contexto en el que las fronteras entre salud mental, política y cultura se vuelven cada vez más complejas, ¿cómo ve el papel de la historia de la psiquiatría hoy en día?

R.H: Yo diría que las fronteras entre salud mental, política y cultura siempre han sido complejas, aunque es verdad que en los últimos tiempos quizá tengan una mayor presencia mediática que en otras épocas. Para empezar, creo sinceramente que pretender hacer una historia “desideologizada” o “despolitizada” es una ingenuidad o una falacia y que cualquier investigación o reflexión histórica tiene, aunque no lo pretenda, una carga ideológica y, por tanto, unas connotaciones políticas.

Pienso que el papel de la historia de la psiquiatría (o de la locura), al menos la que yo propugno, debe ser una historia por y para el presente. No se trata, como puede suponerse, de caer en el anacronismo de utilizar categorías presentes para acotar la documentación del pasado descuidando el contexto social y político, sino de entender que las preguntas que hacemos a las fuentes están formuladas desde nuestro presente y nuestras inquietudes. 

Ahora bien, hacer esa historia en el presente implica también trabajar en unas coordenadas que, con las variantes y matices necesarios, adopte un método que sea genealógico en su enfoque, esto es, que a la hora de analizar un suceso determinado intente comprender la relación existente entre los elementos de innovación y los heredados; antinormativo y desmitificador por su intención, es decir, que analice sus contradicciones y las estructuras semiocultas bajo aparentes discursos de modernidad, y práctico por sus efectos. 

Y por ampliar un poco la respuesta, yo creo que la historia de la psiquiatría hoy día, tal como yo la entiendo, debe desempeñar tres papeles fundamentales (que no son muy diferentes a los que nos planteábamos hace años): en primer lugar, un papel epistemológico, que intente explicar la racionalidad interna del discurso, así como de qué manera se han articulado teorías y prácticas y mediante qué procesos se ha ido generando el conocimiento; en segundo lugar, un papel contextualizador, que considere y analice cómo los saberes y las prácticas (científicas, médicas, psiquiátricas, psicológicas, etc.) se han desarrollado en distintos contextos históricos, geográficos, políticos, sociales y culturales; y en tercer lugar, un papel crítico, que puede ser de crítica positiva o negativa dependiendo del objeto del análisis. 

Me parece que estos planteamientos permiten entender que, en realidad, no hay fronteras marcadas entre salud mental, historia y cultura, cuyas relaciones son, sin duda, complejas, pero me parece evidente que cualquier análisis sobre la salud mental queda atravesado por elementos políticos, económicos y socio-culturales. Esto no siempre se hace, claro, y por eso tampoco está de más identificar enfrentamientos dialécticos entre formas distintas de hacer historia de la psiquiatría, de la misma forma que hay formas distintas formas de ejercer la psiquiatría, diferencias que pueden ser científicas y técnicas, pero que son fundamentalmente ideológicas. Así, frente a una historia positivista, descriptiva, acumulativa, complaciente con el pasado y acrítica con el presente, pienso más bien en una historia analítica, hermenéutica y crítica, capaz de interpelar al pasado para pensar el presente y para actuar o propiciar actuaciones suficientemente fundamentadas. La investigación histórica puede incorporarse, con más o menos matices, a lo que en ciencias sociales se denomina investigación-acción, con el propósito de aunar teoría y práctica, tratando de forma simultánea conocimiento y cambio social. Los resultados prácticos pueden ser muy diversos, desde contribuir a la recuperación de la memoria histórica, por ejemplo, hasta ofrecer el soporte del análisis histórico a iniciativas políticas o sociales de contenido diverso.

R.B: ¿Cuáles son sus prioridades o deseos para el futuro de la Red?

R.H: Creo que la Red ha desarrollado un gran trabajo en sus ya casi veinte años de funcionamiento. Pero en veinte años pasan muchas cosas y los escenarios científicos, políticos y sociales cambian cada vez más deprisa. Me parece que debemos mantener lo que hasta el día de hoy ha funcionado bien, como los encuentros cada dos años que siempre han sido fructíferos y positivos desde todos los puntos de vista. Debemos también mantener e, incluso, aumentar, el grado de colaboración entre los distintos grupos, de una manera flexible y dinámica, con proyectos en los que colaboren todos los grupos, pero también en acciones bilaterales cuando estas surjan. Pero, además, pienso que debemos reflexionar sobre la manera de enfocar nuestro trabajo en una época como la actual, de crisis de los valores democráticos y de tentaciones (y realidades) autoritarias. Defender los derechos humanos y fomentar el pensamiento crítico, también desde la historia de la psiquiatría, me parece una prioridad ineludible.

Por otra parte, la renovación generacional de la Red pasa por la renovación generacional de los grupos que la componen. Mi deseo de futuro pasa por la incorporación de jóvenes historiadoras e historiadores de la psiquiatría que, con independencia de su formación previa (en medicina, historia, psicología, ciencias sociales) sean capaces de continuar esta labor, renovándola con nuevas aportaciones, actualizando los discursos y haciendo frente a los cambios que, con seguridad, están por venir. Creo que el Encuentro de Río ha tenido una importante participación de investigadoras e investigadores jóvenes y enormemente prometedores y solventes que han compartido investigaciones e inquietudes, en una relación horizontal, cordial y fructífera con los más seniors. Que se mantenga ese talante horizontal y solidario es otro de mis deseos, de cómo me gustaría imaginarme la Red en el futuro. 

¿Hay planes para fortalecer la participación de nuevas generaciones de investigadores, como los estudiantes de posgrado que inauguraron el evento?

En coherencia con lo que acabo de expresar, es preciso, en efecto, fortalecer la presencia y participación de las nuevas generaciones. La Red ha favorecido el contacto y colaboración entre los distintos grupos que la componen no solo en el ámbito de la investigación sino también en el docente y en el formativo. Una de las fórmulas más habituales ha sido favorecer estancias de formación pre y posdoctoral en nuestros respectivos grupos o la dirección de tesis de manera conjunta.  Esto no se ha hecho con una planificación previa, sino que ha ido surgiendo, pero que desde nuestras respectivas instituciones debemos fomentar intercambios de este tipo con personas en formación. Otra posibilidad es propiciar, cómo se hizo en las primeras sesiones del Encuentro de Río, espacios para que los estudiantes presenten sus investigaciones en marcha, poner en común dudas, problemas metodológicos, etc. Esto sí podría hacerse (con las posibilidades que da la tecnología) de manera quizá más reglada. En todo caso, planificado o no, debemos propiciar esas nuevas incorporaciones, pero teniendo en cuenta que las mismas no deberían, a mi juicio, espontáneas, sino al grupo del país que corresponda para, desde ahí, convertirse en componentes natos de la Red, aprovechando así, en tanto que componentes de un grupo de investigación concreto, las dinámicas de internacionalización que la Red facilita.

Fecha: 06-11-25.

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